domingo, 12 de febrero de 2017

Sorpresas arqueológicas en la Amazonía

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Sorpresas arqueológicas en la Amazonía

Para mucha gente, el río Amazonas y su extenso territorio circundante en forma de selva constituyen un enorme paraíso natural que supuestamente no tiene más que agua y una rica biodiversidad animal y vegetal. Por lo demás, la presencia humana “civilizada” en este ámbito geográfico resulta más bien anecdótica: quienes realmente han ocupado esta área durante milenios son las tribus primitivas, las cuales –sin apenas haber salido de su estadio cazador-recolector– ahora se ven amenazadas por el avance del progreso.

Sin embargo, para una parte importante de la arqueología alternativa, es bien posible que la Amazonía esconda ciertas sorpresas acerca de un pasado fabuloso, caracterizado por civilizaciones o ciudades perdidas y tesoros ocultos. Esta visión fantástica comienza con la archiconocida leyenda de El Dorado, la mítica ciudad inca de oro y de inimaginables riquezas situada en la selva amazónica y que los conquistadores españoles (principalmente Orellana y Aguirre) buscaron en vano durante años. Más adelante, ya en el siglo XVIII, una expedición portuguesa se adentró en la selva brasileña y –según parece– descubrió las ruinas de una antiquísima gran ciudad, que parecía haber sido víctima de un catastrófico terremoto[1].

Percy H. Fawcett

Esta noticia permaneció en las sombras hasta que a inicios del siglo XX fue rescatada por el militar y aventurero inglés Percy Harrison Fawcett[2], buen conocedor de la geografía sudamericana, que –convencido de su veracidad– organizó en 1925 una expedición científica para localizar este misterioso enclave, al que denominó “Z”, si bien él creía que muy posiblemente había más ciudades ocultas en todo el Amazonas. Lamentablemente, Fawcett se internó en lo más profundo de la jungla del Matto Grosso y su rastro se perdió cerca del río Xingu, tras haber despachado una última carta el 29 de mayo de 1925. Nunca más se supo de él ni de sus acompañantes (su hijo Jack y su amigo Raleigh Rimell), pese a que fueron buscados en años sucesivos por nada menos que 13 expediciones, que a su vez también pagaron un alto tributo en vidas: más de 100 desaparecidos.

Ya en tiempos más recientes, las leyendas sobre ciudades o reinos civilizados en el Amazonas alcanzaron bastante auge, sobre todo a partir del éxito popular de la literatura arqueológica alternativa, mezclada con el realismo fantástico y las teorías de antiguos astronautas. En este contexto, ya no sólo se hablaba de los últimos reductos del Tawantinsuyu (imperio inca) sino de civilizaciones anteriores, relacionadas incluso con los mitos de la Atlántida o Mu. Así, cabe destacar el relato de la ciudad de Akakor[3], difundido por el periodista alemán Karl Brugger, y que en cierto modo inspiró el argumento de la última película de Indiana Jones, con presencias extraterrestres incluidas. Asimismo, se popularizaron otras historias más o menos fantásticas, como las legendarias tribus de hombres blancos, la ciudad o reino de Paititi (el “auténtico” El Dorado[4]), la Puerta de Aramu Muru, la ciudad de Manoa, la Cueva de los Tayos o las supuestas pirámides de Pantiacolla[5], sin que a día de hoy existan sólidas pruebas arqueológicas que respalden los rumores y las especulaciones.

Ahora bien, a pesar de todas las incógnitas, no sería apropiado afirmar categóricamente que todo el Amazonas ha sido siempre un terreno virgen, ignoto y hostil para las comunidades humanas. Así pues, llegados a este punto es oportuno comentar algunos descubrimientos y exploraciones arqueológicas que –si bien no confirman las historias más fantásticas– sí al menos apuntan a que una parte de la región amazónica estuvo poblada y civilizada en tiempos remotos.

¿Reliquia de "Z"?

En lo que sería el capítulo de objetos o artefactos, hay que reconocer que las posibles pruebas son mínimas. Fawcett se hizo con una pequeña estatuilla tallada en basalto con una figura humana que portaba una inscripción con signos desconocidos. Este objeto supuestamente procedía de la ciudad de “Z”, pero su rastro se perdió y no tenemos más información al respecto. Por otro lado, están también las famosas láminas metálicas y otros objetos que guardó en la ciudad de Cuenca (Ecuador) el padre Crespi y que presuntamente procedían de la Cueva de los Tayos. Una vez más, no hubo aquí ningún estudio arqueológico fiable ni tenemos claro el origen de esos artefactos; además, esta colección está actualmente bajo custodia museística y no parece que vaya a ser objeto de nuevos estudios. Finalmente, cabe citar un descubrimiento bien comprobado que data de 1969. Se trata de un pequeño objeto de oro llamado laBalsa de oro de El Dorado, de unos 18 cm., que fue hallado en un antiguo asentamiento de los indios muiscas. Este artefacto, en forma de barca con unas diminutas figuras humanas, recrea la ceremonia ancestral de esta tribu en el lago de Guatavita (Colombia), por la cual un nuevo rey asumía el poder y realizaba una ofrenda de objetos de oro al dios Sol[6].

Restos de la muralla de Ixiamas

No obstante, si saltamos al estudio del terreno, entonces se amplían los horizontes y se pueden observar algunos hechos ciertamente significativos. Primeramente, cabe reseñar que hace unos pocos años se identificó un conjunto de ruinas al sur del Perú (en el distrito de Kimbiri), que algunos investigadores se atrevieron a relacionar rápidamente con Paititi. En realidad se trata de unos restos dispersos en un área de 40.000 metros cuadrados, llamada LoboTahuantinsuyo, que podrían pertenecer a una fortaleza inca. Hasta la fecha se han apreciado unas estructuras en piedra tallada que formarían una serie de muros, pero de momento no se han llevado a cabo excavaciones arqueológicas. Tampoco se ha intervenido en otros restos megalíticos medio ocultos por la selva situados en Ixiamas (Parque Nacional Madidi, Bolivia), que podrían formar parte de una posible fortaleza pre-incaica, con una longitud de muralla de más de 300 metros y una altura conservada de hasta 3 metros. 

Asimismo, en la Amazonía peruana encontramos otro tipo de huellas de antiguas culturas locales –probablemente anteriores al imperio inca– en forma de petroglifos (signos o dibujos grabados sobre piedra). Nos referimos a unos grabados situados en la roca de Cumpanamá, cerca del pueblo de Yurimaguas, a orillas del río Huallaga[7]. Los petroglifos representan motivos diversos, como la máscara-corona de un jefe o cacique y varios símbolos zoomórficos, antropomórficos y geométricos. También son muy destacables los petroglifos de Pusharo (Parque Nacional del Manú, Perú), de incierto origen inca, con algunos rostros y multitud de signos abstractos. Y ya en Brasil, cabe citar los más de 400 grabados de la Piedra de Ingá (un enorme monolito horizontal de 24 x 3 metros), con motivos zoomórficos, estrellas y signos abstractos, que podrían constituir una extraña forma de escritura, sin ninguna relación con otras escrituras conocidas de la América precolombina. Algún investigador, incluso, ha creído ver en estos grabados información arqueoastronómica, en forma de calendario solar.

Piedra de Ingá (Brasil), un enorme monolito repleto de grabados

Con todo, los datos más reveladores de los últimos tiempos sobre la antigua población del Amazonas se han localizado principalmente en la Amazonía brasileña. Por una parte, varios investigadores se han fijado en una vasta región de miles de hectáreas que constituye la llamada Terra Preta (“tierra negra”), un territorio extremadamente fértil gracias a la composición del suelo, una mezcla de terreno arenoso, cal de conchas y carbón vegetal, que los indios han estado explotando durante siglos. A este hallazgo se deben sumar trazas de posibles canalizaciones de riego, caminos y diversos restos materiales (cerámicas), todo ello localizado en los llanos de los Mojos (Bolivia), que indicaría una amplia explotación del territorio por parte de una antigua civilización agrícola.

Antiguas obras sobre el terreno (Brasil)

Por otra parte, ya desde finales del siglo XX y como consecuencia de la progresiva deforestación de la selva amazónica, se empezaron a identificar en las regiones brasileñas de El Acre y Rondonia una serie de marcas o zanjas sobre el terreno ya despojado de árboles[8]. Cuando se contemplaron estas marcas desde el aire se pudo verificar que eran grandes obras, normalmente de forma circular o redondeada (de unos 100-150 metros de diámetro) o bien cuadrangular (de entre 100 y 200 metros de lado). A día de hoy ya se han contabilizado unas 450, que no es poca cosa.

Sobre la razón de ser de estas construcciones hay básicamente dos interpretaciones. La primera es que se trataba de geoglifos, unos trazados de gran tamaño excavados sobre la superficie del terreno con una finalidad indefinida, como los que pueden observarse en Nazca, Palpa o Atacama. No obstante, hay que señalar que la iconografía de estas obras no se corresponde con los clásicos geoglifos –generalmente de formas zoomórficas o antropomórficas– que podemos ver en otros lugares de la región andina y que parecen estar diseñados para ser vistos desde los cielos. Además, los supuestos geoglifos están visiblemente delimitados por fosos y terraplenes, lo que ha inducido a formular una interpretación alternativa.

Comparación entre El Acre y Stonehenge

Precisamente, esa segunda interpretación ha llevado a inesperadas conexiones históricas y culturales. Así, la arqueóloga británica Jennifer Watling[9]ha apreciado un paralelo muy claro con los “henges” neolíticos típicos de Gran Bretaña (como Stonehenge), esto es, recintos de forma más o menos circular –de entre 20 y 300 metros de diámetro–definidos por una zanja y un terraplén (y a veces con estructuras interiores, como por ejemplo megalitos) en los que se cree que se llevaban a cabo determinadas ceremonias o rituales. Otros investigadores, en cambio, han apuntado a que tal vez podrían ser recintos defensivos de pequeñas aldeas, con el añadido de una empalizada. Frente a esta hipótesis cabe decir que las investigaciones realizadas sobre el terreno no han localizado los agujeros para los postes ni han identificado estructuras internas, y tan sólo se han recogido unos pocos artefactos, lo que favorece la hipótesis de un uso comunitario ritual, si bien ello no deja de ser una especulación similar a la que se aplica al clásico megalitismo europeo.

En todo caso, Watling cree que, pese a la gran separación cronológica entre ambos lugares (que ella estima en unos 2.500 años), el tipo de estructura podría representar la misma fase de desarrollo social y cultural. Y lo que es más importante, esta intervención sistemática demostraría, rompiendo de algún modo las ideas preconcebidas de una naturaleza amazónica virgen y prístina, que el hombre primitivo del Amazonas habría modelado de forma significativa el ecosistema que lo rodeaba, si bien de una manera mucho más racional y eficaz que las prácticas actuales.

En definitiva, si juntamos ahora todas las piezas sueltas, podemos proponer unas vías de investigación relativamente audaces, vistas las pruebas y los indicios ya mencionados:

1.      Existen bastantes pistas de tipo arqueológico, pero también geológico, de que el Amazonas estuvo ampliamente poblado por culturas neolíticas –o más avanzadas– que explotaban las fértiles tierras de la región y que tal vez recurrieron a la tala o quema de árboles para disponer de tierras de cultivo. Con el declive de estas culturas, por motivos desconocidos, la selva volvió a ocupar todo el territorio y ocultó las obras de esas culturas primigenias. Es bien posible que las actuales tribus de la Amazonía, en vez de “evolucionar” desde un estadio más primitivo, hayan sido fruto de una involución a partir del legado de una civilización superior.

2.   Las pruebas arqueológicas insinúan que junto a la más que probable presencia de la civilización inca en la Amazonía podríamos tener restos de culturas o civilizaciones anteriores, que podríamos conectar con enclaves megalíticos tan característicos como Tiahuanaco[10]o Cuzco. Estaríamos hablando de un horizonte de una enorme antigüedad –no reconocida por la arqueología académica­– que tal vez estaría en la línea de lo que Arthur Posnansky propuso mediante datación arqueoastronómica para Tiahuanaco, esto es, alrededor de 15.000 a. C. Una datación fiable de todos los restos disponibles debería aportarnos pistas en este sentido.

Muralla megalítica del Kalasasaya (Tiahuanaco)

 3.   Ya se ha comentando que existen unos pocos restos de grandes construcciones en piedra que en su mayoría están aun por excavar o estudiar sistemáticamente. Ahora bien, ¿podríamos hablar de la existencia de grandes ciudades megalíticas de una civilización desconocida en la Amazonía? Esta hipótesis no es tan arriesgada si tenemos en cuenta que aún hoy en día en Mesoamérica se descubren grandes complejos arquitectónicos de la civilización maya (o de otras culturas) que habían estado sepultados bajo la tupida vegetación de la selva. Y dado que la Amazonía es todavía un vasto territorio salvaje e impracticable en muchas zonas, no es impensable que existan ciudades totalmente ocultas por la jungla a las cuales sea muy difícil acceder. Si hemos de creer en el informe de la expedición de Raposo (del siglo XVIII) quizás ellos tuvieron un golpe de suerte que no se ha vuelto a repetir, pero es bien factible que se lograse dar con la ciudad a través de exhaustivas prospecciones con los recursos humanos y técnicos adecuados.

4.   La curiosa coincidencia entre los hengesneolíticos de Gran Bretaña y las estructuras del Brasil quizá sea una mera casualidad, pues la arqueología –a decir de los expertos académicos– está llena de procesos autóctonos semejantes, sin ningún tipo de difusionismo. Desde luego esto es bien posible, pero no deberíamos descartar un origen cultural común a tales obras, dadas las formas, medidas y los sistemas de construcción observados, que son sorprendentemente similares. También podríamos señalar la confusa presencia de indios de piel blanca y pelo rojo o rubio, un elemento que se repite en multitud de crónicas en toda América, de norte a sur. Tal vez por aquí podríamos intuir una aportación cultural foránea (“dioses venidos del este”) que igualmente tiene una constante referencia mitológica en figuras como Quetzalcóatl o Viracocha, lo que inevitablemente hace resurgir una vez más el fantasma de la Atlántida, aunque lo más probable es que dichas aportaciones foráneas se deban a civilizaciones de allende los mares que llegaron a América mucho antes del cambio de era[11].

Muros hallados en la selva peruanaConcluyendo, pese a todos los esfuerzos realizados hasta la fecha todavía nos movemos en el terreno de las conjeturas. Faltan pruebas sólidas, dataciones, estudios continuados y sistemáticos, nuevas prospecciones... Es evidente que queda mucho trabajo por hacer, y quizás debería haber más implicación por parte de las autoridades culturales, que más bien se muestran reacias a meterse en este campo, quizá en parte por el coste económico pero también por el miedo a caer en el peligroso descrédito de patrocinar la búsqueda de historias fabulosas y antiguos mitos. Como consecuencia, casi todas las pesquisas sobre el terreno las realizan soñadores y aventureros –y quizá algún buscador de tesoros– aunque a decir verdad la mayoría de estas personas que publicitan sus investigaciones en Internet muestran estar sinceramente interesadas por la vertiente histórica y arqueológica del tema.

Actualmente, quien parece estar más próximo a obtener algún resultado sobre la mítica Paititi es el investigador estadounidense Gregory Deyermenjian[12], que ha emprendido numerosas expediciones a la Amazonía peruana desde 1984 hasta hoy en día. En estas exploraciones Deyermenjian ha descubierto diversos yacimientos arqueológicos de origen inca o pre-inca, generalmente fortines o fortalezas. Pero lo más significativo es que –gracias a las referencias concretas dadas por los indios matsiguengas– ha identificado recientemente en el Santuario Nacional de Megantoni (Perú) una alta montaña de extraña forma cuadrangular en cuya cumbre podría estar la ciudad de Paititi, pero con un casi imposible acceso por tierra, lo que obliga a una compleja expedición con ayuda de helicópteros. En el momento de escribir este texto no dispongo de más información sobre este proyecto. Veremos si, con un poco de suerte, Deyermenjian o algún otro investigador consigue completar la empresa que el tenaz Percy H. Fawcett no pudo llevar a buen puerto.


Fuente imágenes: Wikimedia Commons, National Geographic y Salman Khan / José Iriarte

[1] Esta expedición estuvo vagando por la selva durante varios años y la condujo un tal Francisco Raposo en 1743, con el objetivo inicial de localizar unas minas de diamantes en Muribeca. Un fraile llamado Barbosa escribió un informe sobre este viaje a la atención del Virrey de Carvalho, que no tomó ninguna decisión al respecto. Luego, el informe quedó archivado en la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro (referencia MSS 512).   

[2] Se dice de él que Hergé lo tomó como referente para crear el personaje del explorador Ridgewell en el cómic de Tintín “La oreja rota” y que también inspiró el reciente personaje de Indiana Jones.

[3] Según un indígena llamado Tatunca Nara, de hecho existirían tres ciudades perdidas, Akakor, Akakim y Akanis, y las tres estarían aún habitadas. Su relato resulta confuso porque añade la sorprendente presencia de los nazis en dichas ciudades

[4] Ciudad de oro supuestamente vista por el misionero Andrés López en el año 1600, según un documento guardado en los Archivos del Vaticano.

[5] Se trata de una formación natural de 12 montículos en el Perú, los cuales a vista de satélite parecían pirámides. Varios investigadores han visitado la zona y han corroborado que son simples colinas.

[6] La ceremonia consistía en que el nuevo soberano se recubría completamente el cuerpo con polvo de oro y se adentraba en el lago en una balsa o barca junto con cuatro personajes notables. Allí arrojaba al agua los objetos dorados y piedras preciosas. Luego, él mismo se lanzaba al agua para que se desprendiese el polvo de oro y regresaba a nado a la orilla.

[7] Fuente: http://yurileveratto1.blogspot.com.es/2014/07/el-misterio-de-los-petroglifos-de.html

[8] También hay noticia de estructuras similares en los departamentos de Pando y Beni, en Bolivia.

[9] Fuente: http://www.telegraph.co.uk/science/2017/02/06/hundreds-ancient-earthworks-resembling-stonehenge-found-amazon/

[10] Cabe destacar que en los alrededores de Tiahuanaco se encontraron de restos de explotaciones y prácticas agrícolas muy avanzadas, lo que vendría a cuadrar con lo hallado en Brasil (la Terra Preta).

[11]Actualmente, a la vista de las pruebas recogidas en diversos puntos de América ya parece innegable el hecho de que varias civilizaciones antiguas, principalmente del Mediterráneo, llegaron a América mucho antes que Colón, y que tal vez pudieron asentarse temporalmente o fundar colonias allí.

Fuente: www.mundooculto.es

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