domingo, 29 de enero de 2017

DESENCARNACIÓN

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Aunque todos tenemos que dejar el cuerpo antes o después, este es un tema del que casi nadie quiere hablar, excepto, claro está, las compañías de seguros, agencias funerarias, constructores de ataúdes y cementerios, enterradores… Sin embargo, a todos nos preocupa, como es lo natural, y por eso eludimos hablar de este asunto aunque en el fondo de nuestros corazones lo consideremos muy importante. Y si surge, nos damos cuenta de que nadie nos dice nada claro sobre esto. Todo son especulaciones, falsedades y generalidades. Las enseñanzas de las iglesias por su parte nos mantienen en la ignorancia, y ya veremos por qué.

Pero siendo este un asunto con el que hemos de enfrentarnos debemos saber qué nos va a pasar y qué nos ocultan las iglesias sobre lo que dijo verdaderamente Cristo. Y es que lo que dijo no aparece en ninguno de los textos elegidos por los eclesiásticos .Estos fueron cuidadosamente mutilados o desechados para evitar a la Iglesia católica demasiadas contradicciones entre la doctrina y la vida que practican sus anticristianas jerarquías desde hace cerca de dos mil años, lo que ya es persistir.

¿QUÉ DICE EL CRISTIANISMO SOBRE LA MUERTE?

Cristo ya nos dijo: Yo soy la resurrección y la vida.

El que cree en mí, aunque esté muerto vivirá.”

“En la casa de Mi Padre hay muchas moradas”.

Esto bastaría para estar seguros de la vida eterna y de la inmortalidad del alma. Pero dijo muchas más cosas que las iglesias nos han ido ocultando, como la idea básica de la reencarnación y otras que se verán en este trabajo. Aquí se trata de manifestar ideas concretas sobre el movimiento del alma al dejar este plano existencial.

¿A dónde va el alma inmediatamente tras dejar el cuerpo y en adelante? ¿Qué dijo Jesús a sus primeros discípulos y se siguió diciendo hasta que la jerarquía Católica intervino y ocultó o ignoró aquellas enseñanzas hasta el día de hoy? Estas son preguntas cuyas respuestas poco tienen que ver con las de las iglesias que llevan el nombre de “cristianas”.

Y estas son respuestas que necesitamos conocer,

 ya que antes o después pasaremos por esta experiencia.

-Lo que llamamos “muerte” no es más que el abandono por el alma de un cuerpo físico que fue su vehículo terrestre, pero que ya no puede sostenerla para su propósito evolutivo. Sólo eso. Pues el alma –nosotros- sigue –seguimos- viviendo. Esto es lo que afirmamos los que creemos en Dios y en sus mensajeros, cualquiera que sea nuestra religión.

Cada noche – y esa es la razón por la que dormimos- el alma se separa igualmente del cuerpo y se dirige a los ámbitos de energía correspondientes a su propia vibración energética a tomar de esa energía afín para el día siguiente. Por eso el no dormir durante algunos días debilita el organismo hasta causarle la muerte, por más que nos alimentemos o más vitaminas o recetas de farmacia que tomemos. De modo que cada noche se da un ensayo de la muerte, una pequeña muerte.

¿Y por qué podemos despertar todos los días
y una sola vez en nuestra existencia ya no?

El cuerpo físico está unido al alma (envuelta a su vez por un cuerpo de materia intermedia más sutil que la corporal: el cuerpo llamado astral). Esta unión se realiza mediante un hilo energético llamado “cordón de plata”, hilo de una longitud infinita, por ser energía no condensada. Surge de la zona de nuestro ombligo y–como sucede con el viaje espacial del astronauta- mantiene unidos a la “nave nodriza”(el cuerpo físico) con nuestro “doble” de material más fino en donde se encuentra el alma con todas sus cargas. Estas cargas resultan del incumplimiento de las leyes divinas y son nuestro karma a purificar o expiar en esta existencia o en otra posterior. También en el Mas Allá, como veremos.

Cada día hacemos nuestro particular viaje espacial precisamente a los ámbitos del Más Allá, que reciben este nombre precisamente por hallarse “más allá” del cosmos material. Pero el día que “toca morir”, ese cordón es cortado, ya no podemos regresar más a la “nave nodriza” y el corazón se para. Es entonces cuando el médico certifica la defunción.

Y ahí estamos, si somos el muerto, tal vez desconcertados porque la gente llora a nuestro alrededor, tal vez preocupados porque no nos escuchan, pero nosotros sí podemos escuchar porque somos energía consciente y sintiente tengamos o no cuerpo físico. Quien haya visto la película “Ghost”, y otras de ese estilo como “El sexto sentido”, o “No te mueras sin decirme a dónde vas”, hará una idea muy aproximada de lo que aquí se dice…

El ahora difunto sufre si lloran sus seres más queridos con los que ahora no tiene comunicación verbal ni contacto físico, y aunque algunos sensitivos pueden verlo y comunicarse telepáticamente con él, para los demás parece haberse hecho invisible, mientras sus intentos de intentar penetrar en su cuerpo han sido definitivamente en vano….Y durante un tiempo puede merodear alrededor de su mortaja, sin terminar de comprender algo que acabará por admitir antes o después: que está muerto, pero que en realidad no está muerto, sino vivo, pues sigue sintiendo y pensando, igual que sucede cuando se sueña. Está vivo, pero no puede penetrar en ese cuerpo que todavía reconoce como propio.

Entre tanto, y durante las primeras 72 horas, -dependiendo del grado de desapego a este mundo- el alma, que es ahora la que dirige el proceso, se va desprendiendo de todas sus conexiones energéticas y materiales con el cuerpo físico; el sistema nervioso va dejando de funcionar y el cuerpo material va perdiendo la sensibilidad progresivamente mientras comienza su lento deterioro al ser abandonado por la vida. (Cuidado ahí con el tema de las donaciones de órganos: el difunto sufre las amputaciones, aunque no pueda manifestarlo. Igual puede decirse de las cremaciones: el difunto sufre el dolor de las quemaduras. Es por esto tal vez que en el País Vasco existe la costumbre ancestral de dejar al muerto durante tres días en una habitación del cementerio antes de proceder a enterrar el cuerpo).

Los difuntos que han estado muy apegados a este mundo, tardan más tiempo en comprender que han muerto, a pesar de que reciben indicaciones de seres instructores, y aunque el cuerpo físico ya no les acompaña, visitan sus lugares habituales de existencia terrenal con su revestimiento astral e intentan vivir como siempre lo han hecho (son los fantasmas) hasta que se dan cuenta de que están en otra dimensión de la existencia. ¿Dónde? en una estación intermedia, llamado “reino de las almas” un sitio de paso en donde recibirán en su momento las indicaciones necesarias para dirigirse a su siguiente destino. En esta estación intermedia, el alma se va liberando y abandonando poco a poco todos los programas básicos del ego que formaron parte de su vida material: su idea de profesión, estado civil, hábitos culinarios, rutinas diarias, etc. pero sigue teniendo conciencia de sí y de sus emociones y sensaciones.

Desde la estación intermedia sentirá en un momento determinado la necesidad de dirigirse a un planeta espiritual, (veremos enseguida por qué) y pasará a uno de los cuatro ámbitos de purificación a los que pertenece ese planeta. ¿Y qué son los ámbitos de purificación? Planetas de sustancia sutil, energética, como lo es el alma, y por los que esta se siente atraída. Se siente atraída por alguno en particular porque durante su vida ha pensado, sentido, actuado, hablado, es decir: ha estado emitiendo energía.. La energía que emitimos cada uno tiene determinadas cualidades y entra en contacto con planetas de energía situados más allá del cosmos material que se encuentran en esa frecuencia vibratoria, pues ninguna energía se pierde.

Nuestro primer destino después de la estación intermedia es, pues, el planeta donde hemos enviado nuestras energías predominantes. Nos sentimos llamados por él y de un modo natural ingresamos en su área de influencia. Este planeta no es el cielo. Mientras nuestras almas estén cargadas de defectos no purificados, o pecados no reconocidos o no expiados, no podemos aspirar a tan altas moradas. (Pecados: pensamientos, sentimientos y actos contrarios a los Diez mandamientos y al Sermón de la Montaña).

Existen 7 cielos, correspondientes a los siete chakras o centros de conciencia existentes a lo largo de nuestra columna vertebral; vórtices por los que recibimos y enviamos la energía correspondiente a lo largo de nuestra vida. Y aunque el Todo está en todo y no hay nada separado de nada, en cada planeta espiritual y en cada lugar del universo, predomina un tipo de energía u otro. Así en cada planeta de purificación predomina una virtud, e igualmente sucede en cada uno de los siete cielos.

El alma cargada, una vez llegada a su nueva morada,- uno de los planetas de purificación del orden, la voluntad, la sabiduría o la seriedad,- inicia una nueva andadura. Aquí sigue teniendo vivencias, relaciones, escuelas, ayudas para expiar lo pendiente y para seguir aprendiendo. De ahí es posible regresar y encarnar de nuevo con un cuerpo físico,( la llamada reencarnación), regresar para poder eliminar las cargas del alma en mucho menos tiempo del que es necesario en los planetas de purificación, donde cada uno sufre todo cuanto daño ha producido mientras estuvo en la Tierra.

Y es aquí, de nuevo en la Tierra, donde tiene nuevas oportunidades en menos tiempo de limpiar sus cargas, compensar los daños y poder pasar luego a planetas más elevados o a uno de los cielos donde es posible ver a Dios directamente, como el hijo pródigo de la parábola volvió a la casa de su padre. Esta parábola es fundamental para comprender la idea de que Dios no castiga nunca a sus hijos, pues es todo amor y misericordia a pesar de nuestras miserias. Así que no existe el llamado Infierno, que es otro más de los miedos de quita y pon que las iglesias inventan para atrapar incautos. Somos nosotros mismos quienes nos damos cuenta de que con nuestras cargas no podemos aspirar a un sitio distinto al que nos encontramos , pues nuestra conciencia no nos engaña –como nos hace el intelecto del ego en la Tierra- y acepta con toda naturalidad estar donde está en cada momento.

La iglesia católica, mientras tanto, niega la posibilidad de volver del Más Allá (lo que llamamos reencarnación), y niega todas estas enseñanzas sobre la muerte y el Más Allá, mucho más informadas, detalladas, lógicas, normales y comprensibles que lo que afirma el Vaticano, que es vacío de contenido y “misterioso”. (Pero señores curas: ¿qué interés podría tener Dios de que no se conociera la verdad en este asunto que tanto nos concierne? Si Cristo la enseñó, ¿por qué las iglesias la niegan?…? ¿O es que Cristo enseñaba cosas contrarias a las de Dios?…Señores curas de todas las categorías: ustedes van errados, pero lo peor es que mantienen ciegos a quienes les siguen.

Las iglesias mal llamada “cristianas” viven de la ignorancia y la mentira, de inventar un dios que no existe y de contar cuentos sobre la muerte para hacer creer que ellas son intermediarias entre Dios y los hombres, desde su pequeño dios (con minúsculas) o que perdonan los pecados del difunto, desde su gran auto importancia y su fe en la jerarquía.

Creen en su ignorancia o en su buena fe – que hay quienes la tienen- que las almas de los difuntos se van a aprovechar de esas salmodias mortecinas del ritual con que los clérigos despiden los cuerpos o del agua con que rocían el féretro. Todo ello pagado, claro está. ¿Cuántos sacerdotes creerán en esas fantasías? Una cosa es segura: al difunto no lo engañan.

Fuente: www.mundooculto.es

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